domingo, 2 de junio de 2013

El machismo ¿Una anacronía en nuestra realidad?

·         * Una crítica sobre las concepciones machistas en nuestras legislaciones, y de la urgencia de un ordenamiento jurídico feminista,  en pro de la igualdad de género.


Leía hace unos días un artículo en un blog donde se hablaba de la realidad femenina en pleno siglo XXI, y cómo hablar de machismo hace que se tilde a quien lo dice como “exagerado o exagerada”. Y aún peor, cómo el declararse feminista convierte a una persona en punto de crítica para las y los demás.

Mucho se menciona de la igualdad de género, y de que todas las barreras que hacían de nosotras simples objetos en la sociedad han caído, hablamos muchísimo de la liberación femenina y de todas las conquistas que incansables personas libraron para que al día de hoy, una mujer pueda estudiar, votar, decidir por ella misma e incluso aspirar a un empleo en el gobierno o a un puesto de elección  popular, cosas que en antaño no eran más que un  sueño de opio.

Pero ¿Cómo hablar de igualdad de género en nuestros días cuando una mujer, por más capacitada que esté, ganará menos que un hombre en el mismo puesto de trabajo, sólo por su género? ¿Será que ya no existe el machismo y todo es un invento de feministas solteronas y amargadas? ¿Una revolución que sólo existe en la cabeza de personas sin nada productivo que hacer?

De entrada, es menester hace una distinción de conceptos básicos: la diferencia entre feminismo y hembrismo. El hembrismo considera a la mujer en una condición superior al hombre, por el simple hecho de ser mujer, lo cual se convierte muchas veces en misandria. El feminismo, por su parte, busca la reivindicación de la mujer en medio de una sociedad patriarcal, siendo su mayor objetivo la igualdad entre el hombre y la mujer. Dos palabras que se confunden con una facilidad enorme, condenando a toda y todo aquel que se denomine feminista.

También, cabe analizar el papel y el peso que ha tenido el Derecho como forma de expresión de estas (de) construcciones colectivas. Un ejemplo (a muy ligera escala) en la actualidad es el artículo 164 de nuestro Código Penal, donde se sigue utilizando el término “mujer honesta”, con toda la subjetividad que ello arraiga, para caracterizar el delito del rapto impropio.

Otros ejemplos responden a legislaciones lejanas como la china, donde se le permite al hombre asesinar, con cualquier medio, a su esposa si la hallare siéndole infiel. En países del Medio Oriente, las mujeres deben cubrir todo su cuerpo como un deber para ser dignas. Y en nuestro país, se sigue condenando social y moralmente a aquella que disfrute su sexualidad a plenitud, sea de forma heterosexual u homosexual.
Prueba de ello es que en días pasados, un diputado solicitó negarle la posibilidad a una compañera suya de trabajar en la Comisión de Derechos Humanos, por ser lesbiana.

La actitud cargada de discriminación, misoginia e ignorancia del diputado Justo Orozco no es sólo repugnante, sino preocupante. Lo que pasó en la Asamblea Legislativa no es sino otra de las gotas que va derramando el vaso, un vaso lleno de patriarcalismo disfrazado de “todo está bien, las mujeres tuvieron su liberación femenina”, un vaso que pronto podría colapsar, y eso sí, sería una revolución teñida tal vez de hembrismo. Porque la misoginia característica de nuestros días sólo impulsa a la misandria, y tristemente con toda la razón de que muchas se consideren así, producto de la vulnerabilización que recibieron y reciben día a día por la sociedad.
Como mujer feminista y estudiante, pero más allá de eso, como mujer víctima también de los lineamientos patriarcales que me señalan de forma negativa por declararme feminista, considero que el Derecho ha sido cómplice de las aristas que nos han condenado, pero ¿Qué hacer? Si el Derecho no es sino un pacto social, cargado de “objetividad” traducida en acuerdos subjetivos tomados por quienes tienen el poder para ello, y quienes precisamente suelen ser los primeros en transgredirlo.


A nuestro país, desde el punto de vista jurídico, le queda un reto vitalísimo por delante: la construcción  de un ordenamiento jurídico basado en la igualdad de género, que fomente la reivindicación de la mujer hasta llegar a ese punto de igualdad, a veces tan utópico y lejano; y que condene todo acto de discriminación y violencia por condición de género.