miércoles, 26 de mayo de 2010

El alma, la muerte, la lluvia, y la soledad.


Era una estudiante de arquitectura, tenía exactamente 18 años y 2 meses, un poco loca, de sonrisa dominante y de carácter misterioso, con esos aires de artista que suelen tener los que viven de la creatividad.
Fabianna amaba la lluvia. Cada vez que caminaba y empezaba a llover lejos de abrir la sombrilla decidía mojarse.
Le transmitía paz, y a la vez una fuerza inexplicable.
Una vez, iba caminado por Barrio Escalante, y me topé con ella, con Fabianna. Me acuerdo que llevaba puestos unos tacones rojos, y una falda gris. Se veía particularmente linda, de todos modos, ella era agradable, y eso la hacía lucir bien.
Cuando la ví, no la pude saludar, su mirada estaba perdida, como desubicada, no sé explicarlo, se veía diferente.

No le dí importancia en el momento, aunque en el fondo sabía que algo le sucedía.

Pasaron los días, y volví a verla, esta vez me la encontré por el Auditorio de mi facultad, se veía mal. No pude evitar preguntarle cómo estaba.
No pronunció palabra alguna, no parpadeó; solamente se dio media vuelta, y se fue, ignorando mi pregunta.

Dos meses después descubrí que aquel rostro de inmensa triste de Fabiana no era casualidad, lo había perdido todo; su alma principlamente.

La llamé, y sólo dijo: eh llegado a la locura, a la demencia. Es la muerte del alma, desamor
el abuso continuado, la malicia, una vida inmolada, la injusticia, el vacío, el silencio y el temor.

Abandono total, la soledad, el desprecio, la falta de razón es ofensa, intensa humillación, era eso lo que había acabado con la vida de Fabianna DiCoussa, la muerte de su alma.

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