martes, 2 de marzo de 2010

Fuimos dos en la ciudad


El atardecer empezó a caer sobre aquel citadino paisaje. Yo iba caminando por la calle mientras mi mente estaba esperando el momento perfecto para encontrarse con vos. Todo anunciaba que el tiempo se acercaba; esa nueva etapa en nuestras vidas estaba pronta a llegar. Algo en mí anunciaba ese anhelado instante; sin embargo quise seguir tranquila, caminando; sólo soñando. Pasé por un parque, y ahí estabas vos. Yo no buscaba a nadie, y aún así la vida me permitió verte! El sol despidiéndose del día resplandecía sobre tu piel morena. Tu mirada, más penetrante que nunca, me invitaba a estar con vos. Tomaste mi mano, pude sentir el calor de tu cuerpo en ese instante. Y caminamos, no dijimos palabra alguna, no era necesario, porque nuestras almas estan comunicadas, y los vocablos iban a sobrar. Éramos dos en la ciudad, ¿qué más daban las otras personas? Simplemente vos y yo, los demás parecían hacerse invisibles ante la belleza de tu masculino cuerpo.
El perfume de tu cuerpo viene a mi memoria, a pesar de que te tengo a mi lado, en mi imaginación ha quedado penetrado la esencia de tu ser. Me quedé viendo tu rostro por un segundo, viendo tus mejillas, tus dientes de seda, todo vos, es hermoso admirarte, es necesario contemplar cuán bello te ha hecho la vida. Puedo darme cuenta que te convertiste en mi necesidad en el primer momento en que empezé a soñar con vos.
Tan necesario que la ciudad se vuelve cenizas cuando tus piernas caminan dejando ese dulce rastro que sólo vos sabés..
Dos en la ciudad, dos corazones transformándose en un sólo...

Tu inmaginable presencia carcomiendo hasta el último de los rayos de aquel sol que se despide al vernos tomados de la mano...
Ni siquiera la inmensidad del sol puede compararse con la grandeza de tu alma.

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