martes, 2 de marzo de 2010

"El Olor de la Pobreza"


"El Olor de la Pobreza"


Por: Carlos Morales


Hay quienes dicen que la pobreza tiene olor. Que huele a leña, piso de tierra, a suciedad. Que huele mal. ¡Otros van más allá y dicen que huele a precario! ¡Que huele a Guararí, a las Palmas o Los Guido! Que desde la distancia saben de donde venimos.Sin embargo, apenas entramos a un precario, sea en Heredia, San José o Limón, siempre… siempre nos huele igual. Se trata de un olor muy fuerte que nos invade y se impregna en la piel. Un olor a indiferencia… la pobreza huele a indiferencia. Algo que pasa desapercibido en el mundo exterior a los precarios.Huele a indiferencia, a olvido, a abandono. A marginación, a engaño. Huele a promesas que no llegan a promesa, a habladas, a cuentos… a maneras de encontrar protagonismo… a discursos políticos que por un lado le aseguran a la pobreza estar y trabajar por ella, pero por el otro le dan la espalda y la ignoran como si no fuera parte del país, como si se tratara de un imaginario de unos pocos, de una corta estadística en un papel. Una indiferencia que se transforma en inmensos proyectos habitacionales de bien social para aplacarla desde los medios. Pero que se vuelve insuficiente, sobretodo cuando para construirlos debieron desalojar a cientos de familias sin otro lugar adónde ir. Insuficiente, cuando toda una comunidad en pobreza extrema observa como es invadida por trabajadores que levantan casas, no ranchos como era la costumbre, y se esperanza con poder ocupar alguna de esas.Pero especialmente insuficiente cuando una vez terminadas las casas, las familias continuan en los ranchos; y esas permanecen desocupadas y sin ser asignadas, seguramente a la espera de que la contienda electoral caliente, para habitarlas con votos y promesas de muchas casas más. Pero adentrándonos en los precarios, a lo interior de cada rancho, más que el olor de la indiferencia, son otros los que se perciben. Tenues… muy tenues, apenas perceptibles entre la inmundancia de los desagües o quebrada que pasa al lado del rancho, o la combinación de olores que genera la multiplicidad de comidas, se perciben olores muy distintos a la indiferencia.Huele a alegría, a gozo a pesar de las dificultades, a ganas de trabajar, de seguir y salir adelante. Huele a esperanza. A familias buscando cómo sobrevivir, padres y madres trabajando donde y en lo que haya, porque en la noche tienen que comer y dar de comer; y niños y niñas que deberían estudiar pero la plata no alcanza y hace que los juegos infantiles y las tareas escolares se combinen con labores de cocina, limpieza y cuido de hermanos menores.Huele a respuestas, a maneras de encontrarle solución al acertijo de la pobreza, a cómo salir de ahí. Solo en conjunto, trabajando todos los sectores: Gobierno, empresa privada, Organizaciones no Gubernamentales y sociedad civil se logrará terminar con la pobreza. Pero sobretodo, solo en conjunto con los pobladores de esos precarios, con las familias que exhalan esos olores, oyéndolos y trabajando junto a ellos es que se va a lograr realmente ayudarles.No hay una receta o plan escrito en qué basarnos para acabar con la pobreza y su olor a indiferencia, pero trabajando quizá se pueda encontrar, o al menos lograr que esa indiferencia se propague fuera de los precarios y que todos nos demos cuenta de que debemos hacer algo por ella. Porque el olor de la pobreza aún puede cambiar.

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